Democracia 2025: Una Reflexión desde la Esperanza y la Responsabilidad
Por: Gilberto M Limón Corbalá
CEO de LIDERATIUM.com
La historia reciente de América Latina ha estado marcada por un constante vaivén entre la promesa de la democracia y su cumplimiento real. En 2025, al mirar hacia atrás y observar el ciclo electoral de 2024, es inevitable sentir una mezcla de emociones: esperanza, preocupación y, sobre todo, una profunda necesidad de reflexión. Ya no se trata solo de analizar los resultados en términos partidistas o de porcentajes, sino de cuestionar qué tipo de democracia estamos construyendo.

Desde joven, he creído que votar es mucho más que tachar un nombre en una boleta. Viví muy cercan manera que Gobiernos Autoritarios de los ’70 actúan. Principalmente la elección de Luis Echeverría Álvarez donde Sonora vivió sus peores momentos (ola verde). Un movimiento previo al ’68
Luis Echeverría Álvarez 1970-1976
Razón por la cual, un acto de confianza, una declaración de futuro y, sobre todo, un ejercicio de responsabilidad. Sin embargo, en los últimos años he observado con creciente inquietud cómo el voto ha sido vaciado de contenido, reducido a un mero trámite que, en muchas ocasiones, no transforma la vida de las personas.
En 2025, hablar de democracia en nuestra región implica reconocer que vivimos una paradoja. Por un lado, tenemos elecciones más o menos regulares, tecnológicamente confiables, con cierta participación ciudadana. Pero por otro, observamos con preocupación el debilitamiento de las instituciones, la concentración del poder, la persecución del disenso y la fragilidad del Estado de Derecho. Es decir, tenemos democracia en forma, pero no siempre en fondo.
Lo que más me ha llamado la atención en este año es cómo muchas personas —sobre todo jóvenes— han comenzado a expresar una profunda frustración con el sistema político. No porque no crean en la democracia, sino porque sienten que ésta no les pertenece. Se les ha hecho creer que participar es votar y luego callar. Pero la democracia no es una jornada electoral, es una cultura cívica viva, exigente, que requiere vigilancia, diálogo y compromiso cotidiano.

Lo que más me ha llamado la atención en este año es cómo muchas personas —sobre todo jóvenes— han comenzado a expresar una profunda frustración con el sistema político. No porque no crean en la democracia, sino porque sienten que ésta no les pertenece. Se les ha hecho creer que participar es votar y luego callar. Pero la democracia no es una jornada electoral, es una cultura cívica viva, exigente, que requiere vigilancia, diálogo y compromiso cotidiano.
En ese sentido, el reto para este 2025 y los años por venir es devolverle contenido ético y humano a la democracia. Necesitamos una democracia que escuche, que incluya, que dialogue. Que no se limite a administrar el poder, sino que lo ponga al servicio de las personas. Una democracia que no tema a las diferencias, sino que las acoja como parte esencial de su dinamismo.
Veo con esperanza algunas señales: comunidades organizadas que defienden su territorio, colectivos que promueven la transparencia desde lo local, movimientos de mujeres, de pueblos originarios, de jóvenes que se niegan a quedarse fuera de la conversación. Esa es la democracia real, la que se construye desde abajo, con manos concretas y corazones implicados.

Pero también debemos ser críticos. Muchos liderazgos emergentes han reproducido las lógicas del poder tradicional. La narrativa del «pueblo contra las élites» ha sido utilizada por nuevos actores que, una vez en el poder, han cerrado espacios, acallado voces y debilitado los contrapesos. El populismo —ya sea de derecha o de izquierda— sigue siendo una amenaza real cuando se olvida que la democracia necesita reglas, instituciones y pluralidad.
Hoy, en 2025, me niego a caer en el cinismo. Creo que aún es posible reconstruir una democracia vibrante, pero eso implica asumir responsabilidades. No basta con indignarse en redes sociales. Hace falta informarse, dialogar, involucrarse. Hace falta exigir, pero también proponer. Hace falta pasar del «ellos» al «nosotros».
Cada generación tiene su propia lucha. La nuestra, sin duda, es recuperar el alma de la democracia. No solo para que funcione mejor, sino para que tenga sentido. Porque una democracia sin justicia, sin verdad y sin derechos, no es democracia.

Javier Milei, Nayib Bukele, Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump.
«Los relevos en los gobiernos populistas, entre el líder saliente y su sucesor, aun cuando sea designado, no son fáciles, asegura María Esperanza Casullo (Neuquén, 1973) la politóloga argentina autora de libros como «¿Por qué funciona el populismo?» (2019) y «El populismo en América Central» (2023), ambos editados por Siglo XXI»
Con humildad, pero también con firmeza, propongo que este año pongamos al centro de la conversación política a la persona humana.
1.- Que no hablemos solo de crecimiento económico, sino de dignidad.
2.- Que no debatamos sólo sobre partidos, sino sobre principios. Que entendamos que cada política pública debe preguntarse: ¿mejora o no la vida de la gente, o evitamos un dolor evitable?

Desde el espacio que cada uno ocupa —como estudiante, como servidor público, como periodista, como docente, como ciudadano— podemos hacer algo. Tal vez pequeño, tal vez silencioso, pero profundamente transformador. Porque al final, la democracia no es un regalo de los gobiernos, sino una conquista cotidiana de la sociedad.
Ojalá que cuando volvamos a mirar este año, dentro de una década, podamos decir que 2025 fue un punto de inflexión. El momento en que dejamos de conformarnos con una democracia de urnas para construir, entre todas y todos, una democracia de valores, de justicia y de futuro.
Ese es el sueño. Y también, nuestra tarea.
Gilberto M limón Corbalá
LIDERATIUM.com
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